El Prestige y la tragedia de ser español.

Estos días andan en las redes sociales y determinados medios de comunicación y movimientos sociales, a la gresca con la sentencia sobre el Prestige, aquel petrolero monocasco, matriculado en Liberia, abanderado en Bahamas, gestionado por griegos, contratado por suizos, asegurado por ingleses y clasificado apto para la navegación y transporte de crudos por los estadounidenses. Ahí es nada. Los indignados por la sentencia absolutoria insinúan cierto tongo, pero nadie reflexiona en lo siguiente. Durante aquellos aciagos días de noviembre de 2002 todos ellos, incluidos grupos de presión como Nunca Mais y otros, aprovecharon la catástrofe para intentar rentabilizarla políticamente. Buscaron así la caída del gobierno de Aznar, la de Fraga y la de no sé cuántas personas más, que a todas luces no tenían la culpa de que barcos como aquel navegaran por el mundo ni de que las circunstancias lo trajeran a estrellarse frente a nuestras costas, pues como ya he dicho, el barco era liberiano, iba tripulado por griegos, exhibía bandera de Bahamas, estaba asegurado por una compañía británica, contratado por una empresa suiza y clasificado apto para la navegación y transporte de crudos por una entidad estadounidense. La pregunta es: ¿Cuántos de estos han sido juzgados? Y la respuesta es que ninguno ¿Por qué? Pues porque los pescadores de río revuelto acusaron a quien no tenía ninguna culpa y los acosaron hasta el punto de que por defenderse tampoco atacaron, y hoy se frotan las manos pensando sólo en que tenían razón. Algo parecido ocurrió con el accidente del avión que transportaba a nuestros soldados desde Afganistán a Europa, el famoso Yak 42, aquel avión que se estrelló en Turquía, pilotado por rusos y contratado por la OTAN, o con el atentado del 11 M, perpetrado por el terrorismo islámico, que azotaba y azota a occidente, y con tantas y tantas cosas como nos han pasado. Hasta podría remontarme aquí a la invasión napoleónica debida al desencuentro entre Carlos IV y su innombrable hijo, Fernando VII, cuyo nombre ha provocado que se me cuelgue el ordenador, o a la II República, tema que por otro lado me fascina. Alguien se ha preguntado ¿por qué si el enemigo eran los militares africanistas, apoyados por el imperante fascismo europeo; las izquierdas de la época se rebelaron contra la república? O ¿por qué impidieron que el Estado, con muchos medios aún en su poder, se defendiera cómo debía? O ¿por qué las potencias extranjeras democráticas no apoyaron al gobierno legítimamente institucionalizado? La respuesta es la misma. Porque los pescadores de río revuelto, aprovecharon para atacar a quien menos culpa tenía: al gobierno, y éste no supo defenderse ni de unos ni de otros ni de nadie. Se vio copado, abandonó el cotarro y todo se le fue de las manos, permitiendo en su seno varias revueltas: sindicalistas, anarquistas, comunistas estalinistas, libertarias, militares de diversa índole, y yo qué sé cuantas más ocultaron al estado, borrándolo del mapa, lo que propició que Franco se lo comiera en dos bocados. Y me pregunto yo: ¿tan sustanciosa es la parte, que merece la pena castigar al conjunto? O quizá son tan necios que no se dan cuenta de las consecuencias de sus actos.

Una vez en el colegio el profesor nos contó la siguiente historia sobre la que luego nos hizo una pregunta. La historia es la siguiente: un peligroso criminal con sus facultades psíquicas de vacaciones se había escapado de un centro penitenciario y refugiado en un parque. Inmediatamente las autoridades cerraron los accesos al recinto, pusieron vigilancia y avisaron a la sociedad, sin embargo, un ciudadano despistado cruzó el parque y el peligroso asesino lo mató. La pregunta era: ¿de quién es la culpa? Muchos niños contestaron que de la víctima por su despiste, otros que de la policía por no vigilar bien, otros que de las autoridades por no poner más policías. Pero nadie acusó al verdadero y único asesino, al perturbado que mató al incauto. Es más, muchos aplaudían la muerte de éste como castigo ejemplar por su negligencia. He ahí nuestra enfermedad. El único culpable del asesinato es el asesino y contra él es contra quien hay que luchar entre todos, después puede haber responsabilidades colaterales contra las autoridades, la policía e incluso encontrar en la negligencia de la víctima cierta responsabilidad, pero el culpable es el asesino. Analicen ahora qué pasa con ETA y con sus víctimas ¿Cuántas veces, ante la noticia de un atentado, sobre todo en los primeros años, a finales de los sesenta y primeros de los setenta, han pensado que los Guardias Civiles, Policías Nacionales, Militares u otras víctimas habían hecho algo por lo que merecían el castigo? Si hasta el ínclito Olof Palme, prócer sueco, amigo íntimo de Felipe González, llegó a pedir dinero para su causa como pueblo oprimido. Y hablando de Felipe, éste hasta llegó a decir que todos los que estaban contra Franco estaban con él. Pues aquellos polvos trajeron estos lodos, amigos míos. Pero hay más análisis por hacer. Por ejemplo, ¿por qué los separatistas, achacando todas las culpas de sus males a España, pretenden alejarse de ella e incluso de Europa, sin caer en la cuenta de que eso los pondría en el punto de vista de los enemigos reales, posiblemente anglosajones y asiáticos a los que les gustaría ver al euro por los suelos? Y otra vez surgen en mi mente los políticos. Andan todos por ahí como locos, buscando la causa de la crisis económica. Unos acusan a Aznar por la burbuja inmobiliaria, otros a Zapatero por negar la debacle económica que ya teníamos encima, pero nadie mira hacia los países y mercados que intentan aniquilar al euro, boicoteándolo a la mayor oportunidad. Los pescadores de río revuelto se conforman con ganar una batallita interna, cuya victoria de nada sirve, pues los enemigos reales van a seguir estando ahí, frotándose las manos, mientras nosotros nos damos de hostias.

En mi próxima novela, Oiz 1985. La Sombra de la sospecha, toco el tema de la Marcha Verde, aquella columna de moros que nos arrebató el Sahara español. Todos los españoles echan la culpa a la debilidad de Suarez, la transición, Marruecos, al ejército, pero ninguno apunta a que aquella Marcha se fraguó y dirigió desde despachos londinenses, ubicados en la City, por ingenios británicos y estadounidenses que aprovecharon nuestras distensiones para conciliarse con el mundo islámico tras su oculta participación en la guerra de los Seis Días y la del Yom kippur.

¿Cuándo nos daremos cuenta de que sólo unidos ante el adversario real seremos fuertes?

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Acerca de Marchal-Sabater

Pseudónimo del escritor murciano nacido el 6 de agosto de 1964. En los años ochenta ingresó en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado e inmediatamente fue asignado a los servicios de información, circunstancia que le llevó a ser testigo de numerosos acontecimientos de la transición, en diferentes lugares de la geografía española: País Vasco, Cataluña o Madrid. En algunas de sus novelas refleja parte de ese pasado, describiendo algunos hechos tal y como sucedieron y otros adaptándolos a la trama, sin desvirtuar la realidad. En su currículo cuenta con varios premios literarios, como el del certamen de micro-crímenes de Falsaria 2012 y el 2º premio de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Lorquí (Murcia), dentro de la celebración de la II Semana Cultural 2013. Autor de: El Valle de las Tormentas; Bajo la Cruz de Lorena; y Oiz 1985. La sombra de la sospecha.
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