El Despertar

El frío le cala hasta los huesos y todo a su alrededor es oscuridad y humedad. Su cuerpo yace boca abajo sobre un suelo húmedo y rugoso. Apenas puede mover ni un solo dedo de su cuerpo entumecido y siente un dolor agudo en la cabeza. Intenta tocarse la cara, pero al mover el brazo un intenso dolor le recorre todo el cuerpo. Intenta mover la cabeza de un lado a otro, buscando algún resquicio de luz, pero no lo encuentra. Intenta juntar las manos, pero sus músculos se niegan a obedecer y protestan con un dolor punzante en sus hombros y brazos. Con mucho esfuerzo mueve una mano, arrastrándola por el suelo, intentando llegar a su cara. Apenas puede despegarla de él. En su recorrido siente como cada grano de tierra o la más mínima rugosidad le araña los brazos. Al fin la mano choca con algo, pero no lo identifica. Sus dedos trepan sobre una masa informe, la encuentran caliente y suave. Uno de los dedos toca una superficie blanda que cede al contacto. Su cuerpo se encoje automáticamente. Es su ojo. Su mano está recorriendo su cara, pero ésta no la siente. No siente el tacto de sus dedos sobre su rostro. ¿Qué me pasa? se pregunta angustiado. Hace un esfuerzo más, pero sus músculos se encojen y siente su otra mano moverse. Lo sabe porque es la que lleva el reloj y la hebilla del brazalete se le acaba de clavar en la piel. La mano le choca con algo duro, lo palpa y descubre que es pelo. El corazón se le encabrita. Hay alguien a su lado. Sus dedos se afanan sobre la inerte cabeza, pero está no reacciona. La palpa tira del pelo. Nada. Sus dedos tiran de su mano pesadamente, intenta buscar el rostro pero su mano se encuentra con otra. Ambas se palpan torpemente  en la oscuridad. Son gestos mecánicos, pero le tranquiliza descubrir que no está solo. Después descubre, amargamente, que las manos que se buscan en la oscuridad son las suyas y que no hay nadie con él. Se acerca el reloj a los ojos, pero no lo ve. Palpa el suelo próximo y comprueba su dureza y su rugosidad, hay algunos charcos, se moja los dedos y se los lleva a los labios. El líquido sabe a tierra, cemento y sangre. Se vuelve a palpar la cara y descubre una dura costra pegada a su piel y se sobresalta. ¡Sangre! ¡Es sangre! se dice. Asustado sigue su reconocimiento para descubrir que no está sangrando. Ha sangrado, sí. Pero hacer mucho porque se ha secado y la costra se aferra a su piel sobre las heridas. Sus dedos recorren toda la superficie de su cara y le parece lija. Luego recapacita. Es mi barba ¡Pero yo no llevó barba! ¡Dios mío cuántos días llevó aquí! Intenta mover las piernas, pero el dolor se lo impide. Intenta elevar las caderas; es imposible. Está entumecido. Se palpa el resto del cuerpo y descubre que está desnudo, desnudo y mal herido. Por el frío y la humedad que siente sobre su piel calcula que debe de ser de madrugada y que está en mitad de la calle. Pero… ¿Y las luces? se pregunta después. Quizá estoy en mitad del campo, se contesta. Con mil dolores intenta volverse sobre sí mismo para ver el cielo. Al cabo de un rato, cuando ya ha conseguido volver la cabeza hacia arriba y elevar la mitad de su cuerpo, apoyado sobre su codo izquierdo busca una luz, un brillo que confirme su sospecha. Ni una estrella brilla en el firmamento. Arrastrándose sobre su propio cuerpo, su mano derecha busca su rostro. Cuando lo halla se palpa los ojos para asegurarse de que los tiene despejados. Tristemente descubre que es así, que nada le impide ver, sin embargo no hay ni una sola luz. ¡Estoy ciego! se lamenta angustiado. Su cuerpo apelmazado cae en la misma postura anterior. Al cabo de un rato nota sobre sus labios un líquido salino. Está llorando. La desesperación ha hecho presa en él, siente las lágrimas sobre el rostro, pero no puede sacárselas. Hace un intento por levantarse de nuevo, pero resulta inútil. Los músculos no le responden. Entonces empieza a arrastrarse. De nuevo todas las rugosidades del suelo se clavan en su piel como cuchillas afiladas, pero no desiste. Antes de moverse inspecciona meticulosamente el suelo que se extiende ante él; teme que haya un corte, un hueco por el que caerse. Infinidad de veces se había despertado en mitad de la noche creyendo que caía por un precipicio.  ¡Es una pesadilla! se dice, mientras vuelve a sentir que el corazón se le acelera ante la ilusión. Pero la alegría no le dura mucho. ¡No lo es! se contesta, llorando amargamente. Demasiado tiempo para no haber despertado. Quizá estoy muerto, piensa. ¡Dios mío…! exclama a voz en grito, o al menos eso cree. Siente un fuerte dolor en la garganta reseca. ¿Dónde estoy…? Se pregunta amargamente. ¡Un túnel! ¡Eso es, estoy en el interior de un túnel! Alguien me ha debido de abandonar aquí, mal herido. Intenta recordar algo, pero a su mente sólo llegan imágenes lejanas y sonidos ininteligibles. Una mujer desnuda, gritos de hombres, hay uno que está llorando. Las imágenes se suceden en su mente a ritmo vertiginoso, pero no le aclaran nada. La punta de su dedo corazón de la mano derecha roza con algo, hace un esfuerzo superior y la cosa se hace patente. No es una superficie plana ni rugosa como la del suelo sobre el que se arrastra. Tiene pequeños cuadrados lisos rodeados de ásperos rebordes. ¡Es una pared! ¡Una pared sin enlucir! concluye. Vuelve a esforzarse y estira el brazo para que la mano ascienda un poco más, en realidad sólo unos centímetros sobre el suelo. ¡Sí! ¡Es una pared! se confirma así mismo. ¡Y está fresca! se sorprende. Encoge las piernas. O al menos eso cree, Hace fuerza con ellas para incorporarse. Intenta acercarse más al muro para encaramarse sobre él. Los dedos de su pie derecho rozan con algo. Hay alguien en la oscuridad. Intenta hablar de nuevo y de nuevo al hacerlo el dolor le atenaza la garganta. Vuelve a intentar un movimiento, pero le cuesta un trabajo enorme despegar la pierna del suelo. La arrastra sobre él dibujando un arco. Un arco de sangre y piel sobre el pavimento rugoso que no puede ver, pero presiente. No hay nada. Intenta volverse hacia atrás y estira el brazo derecho sobre la pared, por si encuentra algo a lo que asirse. Le cuesta un trabajo enorme, pero poco a poco lo va consiguiendo. Siente un dolor fuerte en la cadera. Las piernas le tiemblan. Casi está a punto de alcanzar la vertical,  cuando su cara golpea contra la pared, sus rodillas han cedido. Vuelve a encoger las piernas y vuelve a intentarlo. Siente sobre sus hombros, desnudos, los rebordes ásperos del cemento que pega los ladrillos y sobresale de ellos ¡La pared no está enlucida! Concluye. Estira el brazo hacia arriba, buscando algo a lo que agarrarse: un saliente, un hueco, un boquete tal vez, cualquier cosa. Los dedos torpes encuentran un resalto, es cemento. Los aprieta y aferra las yemas a él, no hay espacio para más. Intenta estirar las piernas al tiempo que contrae el brazo derecho. Hace un esfuerzo supremo intentando elevarse. El nervio de cemento, sobre el que ha apoyado las yemas de los dedos, aún no ha fraguado lo suficiente y no aguanta el peso; se rompe. Siente como las uñas se le despegan de la piel y grita. Por primera vez oye el eco de su voz. Los bordes del cemento roto le arañan los nudillos. El dolor es insoportable, el cuerpo se le estremece y se encoge a posición fetal, en un movimiento reflejo. Algo se engancha en sus pies de nuevo, mientras su propio alarido sigue retumbando en sus oídos. Al rato, cuando el dolor de los dedos ya se ha apaciguado, estira el brazo derecho sobre la piel desnuda de sus piernas y toca un trozo de tela, que siente enredado en ellas. Tira de él hacia arriba y la tela le corre sobre el cuerpo como una ola suave de calor. Es su chaqueta, pero sobre las piernas se ha quedado otra prenda. Se vuelve a encoger, estira el brazo más allá de lo humanamente posible y la acaricia con la punta de los dedos. Intenta asirla y se le resbala entre ellos. Hace un nuevo esfuerzo y por fin la apresa. Tira de ella, ya sin energía, y siente que algo la sujeta. Tira más fuerte y algo se arrastra sobre el suelo. Vuelve a tirar. Tira otra vez y lo intenta una tercera. Algo cae sobre el suelo. Tira de nuevo, y el objeto se mueve unos centímetros. Descansa unos minutos, recobra el resuello y vuelve a intentarlo. Por el tacto creé que son unos pantalones, pero pesan mucho. Por fin agarra la tela con fuerza, tira de ella ayudándose de cuerpo y piernas y nota que al hacerlo algo se arrastra. Vuelve a tirar y un objeto le golpea las nalgas. Estira la mano y palpa un bulto. Es una cartera. Una cartera de piel, ¡es mi cartera! exclama, pero no tiene fuerzas para levantarla. Descansa e intenta recuperar fuerzas.

Cuando despierta la oscuridad es la misma y el silencio también. Ha estado dormido y no sabe cuánto tiempo. Estira la mano y vuelve a tocar el muro. Hace un renovado esfuerzo por agarrase a él, pero esta vez siente el suelo más suave. Está sobre un trozo de tela, seguramente su camisa. Hace un nuevo intento de aproximación y los pies golpean contra otra pared ¡No puede ser! grita, o tal vez sólo lo piensa. Un presentimiento le golpea sobre las sienes. Se estira y comprueba desconsolado que mientras sus pies se apoyan sobre una pared, su hombro lo hace en otra. Intenta orientarse en la oscuridad. Está encerrado entre dos paredes. Dos paredes que no deben de dictar, entre sí, más de un metro. ¡Me he caído en una zanja! piensa. Intuitivamente mira hacia arriba, de nuevo buscando el cielo, pero sigue sin estar. Al cabo de un tiempo decide dormir. Tiene la seguridad de que la luz de un nuevo día le despertará. Cierra los ojos y extrañas escenas de sexo le vienen a la cabeza. Es una pareja amándose con pasión. Es un hombre sobre una mujer. Ella le rodea la cintura con sus piernas, apoya los pies sobre las posaderas de él y con sus manos lo empuja contra su sexo, al tiempo que sus caderas se mueven de lado a lado. Cuando se acerca a ellos el hombre se vuelve y lo mira. ¡Es él! ¡Es su rostro y su cuerpo! intenta ver la cara de ella, pero la imagen se le borra. Entonces se despierta. Está sudando. Ha sido una alucinación. Tiene la respiración agitada. Siente como el corazón le golpea el pecho. Al rato se ha sosegado e intenta dormir de nuevo. Los gritos le retumban en la cabeza. Son voces de hombres. Unos lloran, otros, al menos dos, gritan. Hay una mujer. La busca asustado entre la niebla, pero cuando la encuentra, el hombre que había sobre ella, él, la cubre con una manta y oculta su cara. Intenta destaparla, pero no puede. Intenta forcejear con el otro hombre, que es él mismo. Consigue apartarlo. Busca entre los pliegues de las sábanas la cabeza de ella. Cuando la encuentra intenta sacarla de ellos para verle el rostro, Pero lo que descubre es, de nuevo, el suyo propio, pero roto. Tiene la frente partida y ensangrentada. La sangre le cubre todo el cuerpo, se asusta y lo suelta despavorido. Algo está golpeando el suelo intensamente, intenta buscar el qué y descubre que es su corazón. De pronto lo sabe todo, sabe que nunca saldrá de allí, que está emparedado en vida. ¡Has sido tú…! ¡Maldito cobarde! Tendido sobre el suelo solo le resta llorar. Llorar hasta morir.

 Antonio Marchal-Sabater

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Acerca de Marchal-Sabater

Pseudónimo del escritor murciano nacido el 6 de agosto de 1964. En los años ochenta ingresó en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado e inmediatamente fue asignado a los servicios de información, circunstancia que le llevó a ser testigo de numerosos acontecimientos de la transición, en diferentes lugares de la geografía española: País Vasco, Cataluña o Madrid. En algunas de sus novelas refleja parte de ese pasado, describiendo algunos hechos tal y como sucedieron y otros adaptándolos a la trama, sin desvirtuar la realidad. En su currículo cuenta con varios premios literarios, como el del certamen de micro-crímenes de Falsaria 2012 y el 2º premio de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Lorquí (Murcia), dentro de la celebración de la II Semana Cultural 2013. Autor de: El Valle de las Tormentas; Bajo la Cruz de Lorena; y Oiz 1985. La sombra de la sospecha.
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