Monarquía o República.

Desde que cambiamos de Rey, o mejor dicho, desde que D. Juan Carlos de Borbón decidió poner fin a su reinado y pasarle el testigo a su hijo Felipe, el actual Felipe VI, hemos oído y leído infinidad de teorías sobre el estado y su viabilidad. El que suscribe lleva tiempo queriendo escribir algo al respecto, pero se ha mordido los dedos hasta tomar distancia y dejar que los ánimos se calmaran. Pues sólo así es posible recapacitar al respecto.

Ni que decir tiene que un pueblo maduro tiene el derecho de decidir, nadie en su sano juicio discutiría eso. Pero no es menos cierto que una vez puestas las reglas hay que respetarlas. Cosa esta a la que un sector importante de la izquierda, por desgracia para nosotros, no nos tiene muy acostumbrados. La Corona es una institución prevista en nuestra constitución y tiene unas reglas que aceptamos por una de las mayorías más contundentes que jamás hayamos tenido. Querer cambiarlas cuando no ha demostrado invalidez alguna es un deseo de perdedores, que en definitiva son siempre los que proponen el cambio de reglas a mitad de partida en cualquier clase de juego.

Tampoco deja de ser cierto que en tiempos de crisis los perdedores aumentan y en cualquier cambio posible se ve un atisbo de mejora. El que suscribe, que no es excesivamente monárquico ni excesivamente republicano, no termina de ver con claridad las mejoras que supondría cambiar las reglas en este momento de la historia. Pues una Monarquía Parlamentaria en la que la única competencia del Rey es sancionar y promulgar las leyes que son elaboradas en el parlamento, tiene exactamente las mismas reglas vitales que una república. La sociedad española debería reflexionar sobre ello. El que suscribe no cree que el fallo de nuestro sistema radique en que haya monarquía o república, sino en el propio sistema, y más especialmente en la España de las Autonomías.

Se dice, por ejemplo, que tanto País Vasco como Cataluña, y por ende las demás comunidades autónomas, tienen ahora más capacidad de autogobierno que han tenido nunca. Pero nadie nos dice que esa capacidad no está prevista en nuestra carta magna, al menos no en el modo en que se ha desarrollado, y ese sí es un problema. ¿Por qué? Se preguntará el lector. Porque continuamente los gobiernos estatales han recurrido a la improvisación y al reparto aleatorio de competencias, que siendo constitucionalmente del estado, se transfieren a las Comunidades en función de los apoyos parlamentarios que necesite el gobierno de turno. Esa improvisación es la que, a lo largo de los años que lleva el sistema, nos ha debilitado y llevado a la situación actual. Nadie sabe ya distinguir qué son competencias y qué transferencias. Nadie sabe el papel del Estado en ese maremágnum de derechos no previstos ni cuál el de las autonomías, y cada cual se toma el suyo como mejor le viene.

La Constitución española recoge en su artículo segundo la Unidad de la Nación Española y su indisolubilidad, y a renglón seguido, en el mismo artículo, reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran. Esa contradicción nos ha llevado al punto en el que nos encontramos, un punto en el que ni Dios sabe quién es y que como ya he dicho antes, las aclaraciones vienen explicadas con el trasfondo de los apoyos parlamentarios que precise el gobierno de turno. Es por eso por lo que creo que el debate correcto no es Monarquía o República, sino Unidad Indisoluble o Unión contractual de las nacionalidades con la fórmula de un federalismo regional en el que el Estado se adelgace hasta su mínima expresión sin dejar de existir.

La mayorías de los estados federales europeos fueron en el pasado patrimonio de la dinastía de los Austrias (a la que España perteneció desde Carlos I de España y V de Alemania desde 1516 en que éste ocupó el trono, hasta 1713 en que Carlos II lo perdió por no haber tenido descendencia), y no les ha ido tan mal como a los que perdimos la Guerra de Sucesión (1701-1713), conflicto que tuvo como teatro principal de operaciones a nuestra piel de toro, pero en el que se disputaban la hegemonía en Europa dos de las familias más importantes del panorama internacional, los Austrias y los Borbones. El Imperio Romano-Germánico y Francia. Ni que decir tiene que perdieron los alemanes ni que Francia, representada por Felipe V, un segundón que nunca esperó tal gloria, entró en España como vencedora. Fue en ese momento, tras la imposición de los Decretos de Nueva Planta, cuando la victoria se materializó haciendo desaparecer todo vestigio de nuestro pasado federal. Hay quien asegura que aquello fue un paso hacia la modernidad del estado, yo no lo discuto, pero sí me hago la siguiente pregunta: ¿Necesitaba España ese paso hacia la modernidad? Cada cuál que se conteste lo que quiera, pero hemos de pensar en cómo esos franceses que ganaron la guerra se quitaron de en medio a los Borbones que la habían ganado, al final de aquel mismo siglo. Véase Revolución Francesa, Luís XVI, guillotina… Sin embargo, la dinastía se quedó en España para el resto de los siglos. Una dinastía que nos trajo a Fernando VII, del que ni hablo porque se me caen las letras del texto; a su hija Isabel II, que por lo menos creó a la Guardia Civil –lo único bueno en su haber–; las tres guerras Carlistas; la Primera República; El reinado de Amadeo de Saboya; la perdida de varias de nuestras colonias americanas; la guerra contra los ingleses y la consiguiente pérdida de nuestra flota frente a Nelson en las costas gaditanas (hecho que representó la puntilla a nuestra aventura colonialista); la guerra contra los franceses, esta vez contra los franceses republicanos, con los ingleses soplándonos en la nuca, intentando arrebatarnos lo poco que a esas alturas de la historia nos quedaba; La invasión de los Cien mil Hijos de San Luís, dirigida de nuevo por los Borbones que momentáneamente se habían apoderado de Francia, mientras Napoleón estaba el Elba, confirmando a Fernando VII en el trono; el apresamiento continuo por corsarios ingleses de los buques que traían a España el oro y las piedras preciosas de las colonias que aún nos quedaban (recordad que entre ingleses y franceses se habían cargado nuestra flota en Trafalgar y ya no podían defender a la flota que nutría al estado); la pérdida de las últimas de éstas, Cuba y Filipinas; la Dictadura de Primo de Rivera; la Segunda República y la guerra civil… Ahí es nada…

El contrapunto a todos esos despropósitos lo pone D. Juan Carlos de Borbón. El Rey Juan Carlos I ha sido el primer Borbón con la habilidad suficiente para conducirnos a una democracia real, devolviendo al pueblo toda su soberanía. Un poder que él había heredado del dictador y no intentó acaparar ni un solo minuto de la historia. Debemos dar una oportunidad a su hijo y, si acaso, volver nuestros ojos hacia el Reino Unido, una monarquía parlamentaria con las reglas de un estado federal, de ahí lo de Reino Unido, que lleva siglos, con más o menos claroscuros, imponiéndose en el mundo.

 Antonio Marchal-Sabater.

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Acerca de Marchal-Sabater

Pseudónimo del escritor murciano nacido el 6 de agosto de 1964. En los años ochenta ingresó en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado e inmediatamente fue asignado a los servicios de información, circunstancia que le llevó a ser testigo de numerosos acontecimientos de la transición, en diferentes lugares de la geografía española: País Vasco, Cataluña o Madrid. En algunas de sus novelas refleja parte de ese pasado, describiendo algunos hechos tal y como sucedieron y otros adaptándolos a la trama, sin desvirtuar la realidad. En su currículo cuenta con varios premios literarios, como el del certamen de micro-crímenes de Falsaria 2012 y el 2º premio de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Lorquí (Murcia), dentro de la celebración de la II Semana Cultural 2013. Autor de: El Valle de las Tormentas; Bajo la Cruz de Lorena; y Oiz 1985. La sombra de la sospecha.
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2 respuestas a Monarquía o República.

  1. edumusic dijo:

    Gran artículo, muy bien enfocado.
    Como soy muy puntilloso, por darle un punto de crítica (espero que sana y positiva) y me gusta abrir debate si al autor no le importa, obviamente, que para eso es el autor, pondría en tela de juicio la legitimidad -que no la legalidad- de una Constitución votada por la mayoría de españoles de otros tiempos, dos generaciones han pasado, una Constitución incompleta, vaga y apresurada, construida en su momento para evitar males mayores, como podría ser una involución en la Transición, consensuada sin amplios debates que entraran al detalle de todos los artículos y puntos que ahora vemos que quedaron demasiado abiertos y que no contentan a la amplia mayoría de los que ahora estaríamos en posición de votarla. Fue una Constitución votada con la amenaza del ruido de sables de los que nos habían gobernado recientemente y sus acólitos reaccionarios, una Constitución que ahora no pasaría una “ITV” y desde luego no sería consensuada, demasiado ambigua, abierta a interpretaciones -si no ¿para qué hay un Tribunal Constitucional?-, pero necesaria en aquellos momentos para apagar rescoldos de unos fuegos que amenazaban con volver a arder.
    La pregunta es ¿tenemos políticos que estén en condiciones de garantizar una remodelación necesaria de esta Carta Magna buscando los máximos consensos? ¿o están demasiado preocupados por no levantarse de sus poltronas -o sentarse en ellas-, mientras van haciendo hucha para garantizarse una jubilación holgada para ellos y sus cercanos?
    Escudarse en La Constitución como inamovible ley divina, tablas de Moisés, o Biblia, ya no es de recibo, máxime cuando ya han abierto el pastel cuando les ha convenido, sin pasar por referéndum general como sería ético.
    Otro punto a tratar sería que el gran problema que padece este país es la falta de cultura política e histórica; sería necesario que se hiciera un ejercicio de pedagogía para que se sepa qué es una República y qué es una Monarquía, qué organismos y qué esquema político diferenciado tendríamos en cada caso y así valorar qué nos conviene. Posiblemente, en términos finales, no habría gran diferencia entre uno y otro sistema, pero no está demás acotar bien las diferencias. Aunque creo que la discusión entre Monarquía y República va más allá de que a nivel pragmático no va a cambiar mucho, pero sí a nivel moral, el hecho de que nadie, solo por haber nacido en una familia en concreto ya deba recibir un tratamiento, un estatus y una paga -que pagamos todos- y no solo a nivel de la Familia Real, sino todos los títulos nobiliarios que perduran por los siglos y que son totalmente anacrónicos (y con pagas que abonamos entre todos). El tema a discutir estaría más enfocado a un nivel de igualdad de derechos y deberes entre todos los españoles como así afirma la Constitución, que sin embargo contempla estas excepciones que la inmensa mayoría de países desarrollados ya han solucionado.
    Lo de afirmar que el Rey devolvió “toda” la soberanía al pueblo es un poco exagerado, ya que la Constitución no da a elegir opciones “esto sí, esto no”. La pregunta del referéndum que aprobó la monarquía parlamentaria era “o esto o nos quedamos con Franco” ¿qué opción había? Es como si nos dan a elegir entre casarnos o no, pero la novia nos la pone el Estado. Creo que hoy ya podríamos ampliarlo y matizarlo, somos mayores, en libertad, sin miedo, la novia ya me la busco yo.
    También debería la Constitución amparar un Parlamento que no permitiese la carta blanca a las mayorías absolutas, y por supuesto, el principio de la democracia está basada en que el Pueblo decide su destino, no basta con que cada cuatro años nos den a elegir qué partido nos va a robar -digo gobernar-. Si a los seis meses vemos que el partido que hemos votado mayoritariamente está haciendo lo contrario de lo que prometió debería ser inmediatamente expulsado del Congreso. Se le llama traición, y en algunos países está penado con la muerte. Los gobernantes y políticos corruptos, como ejemplo del pueblo han de ser castigados ejemplarmente. Pero claro, esto es España.

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