Gobierno, Opus Dei, educación y economía.

Nunca he entendido, señor Rajoy Brey, el apego que siente por el austericismo ni su aversión por los endeudados a los que culpa de la debacle económica española por haber vivido, según usted, por encima de sus posibilidades. Para usted y los suyos, señor Rajoy, un matrimonio que en los 90 trabajaban ambos, e invirtieron en una vivienda cuya hipoteca supondría el 30% de sus sueldos en común, vivían por encima de sus posibilidades. Por eso al llegar a la Moncloa, en lugar de hacer políticas para que ese matrimonio no fuera al paro y pudiera seguir pagando sus deudas, se dedicó a usted subirle los impuestos, a subírselos a las empresas pequeñas que los sustentaban, a congelar el crédito y con él el comercio y la economía, y después, cuando ya los había hundido en la miseria, los desahució y los mostró ante sus votantes como el origen de todos los males en España y los condenó a pagar la deuda soberana.

Tampoco he entendido nunca, señor Rajoy Brey, su apego a la iglesia y a adoptar sus doctrinas en su gobierno. Aunque tengo que decir que es más fácil la respuestas. Si la mayoría de sus ministros pertenecen al Opus Dei ¿qué nos podemos esperar? ¿Pero por qué ha situado a estos en los ministerios más notables: Educación; Economía; Sanidad; Agricultura, alimentación y Medio Ambiente; Interior; Hacienda; Defensa; Fomento, por no hablar de los Secretarios de Estado, Subsecretarios, Delegados de Gobierno y Directores Generales? No lo sé. Pero intuyo que para averiguar la razón de este despropósito tendremos que recurrir a la biblia y al análisis de la riqueza que en ella se revela.

Dice una bienaventuranza: “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos”; y me pregunto yo, ¿Quiénes son los pobres de espíritu? No ha sido fácil encontrar la respuestas, pues la frase tiene tantas interpretaciones como credos hay sobre la faz de la tierra. Pero la más acertada, o al menos la que más me interesa ahora, es la que hacen los obispos que le manejan, señor Rajoy.

Resulta que los pobres de espíritu son aquellos que no desean más de lo que tienen, que en lugar de endeudarse para conseguir algo ahorran antes y si no lo han conseguido es porque Dios no lo ha querido, los que nunca piden préstamos para invertir, crear empresas o pagarse un viaje. En definitiva, aquellos que no apuestan nunca por mejorar y se conforman con lo que tienen. Son, como dijo Machado, buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y un día, como tantos, descansan bajo la tierra. La mayoría de esas personas son ancianos sin ilusiones, que para que su dinero estuviera mejor guardado, ya que no tenían necesidades ni pretensiones, compraron participaciones preferentes en Bankia, la CAM o cualquier otra entidad en cuyos consejos de dirección se sentaban los dinosaurios del PP, el PSOE y los sindicatos UGT y Comisiones Obreras; y de las que ahora, más que nunca, necesita usted y otros muchos españoles. Usted porque siguen guardando su dinero en los bancos y engrandeciéndolos frente a los europeos, léase Santander y BBVa, por ejemplo; y muchos españoles porque son muchos los parados que gracias a ellos pueden comer caliente algunos días de la semana.  Y es precisamente a estas gentes a las que también va dirigida la Resolución del Ministerio de Educación y Deporte sobre el currículo de la enseñanza de Religión Católica. Para comprenderlo basta con leer algunos bloques destinados a los alumnos de primero y segundo de la ESO, vean algunos objetivos: Identificar en la propia vida el deseo de ser feliz. Reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí mismo la felicidad. Apreciar la bondad de Dios Padre que ha creado al hombre con este deseo de felicidad. Entender el Paraíso como expresión de la amistad de Dios con la humanidad.

Es evidente, Mariano, que si la felicidad no se consigue en la tierra para que queremos dinero, lo mejor es guardarlo o comprar preferentes, y cuando mueran y vayan al paraíso, Dios se encargará de hacerlos felices.

Sin embargo, Mariano, olvida que estas personas ni contribuyen ni contribuyeron al crecimiento económico. Alguien debería explicarle alguna vez al votante medio que la base de la política monetaria en el mundo ya no es el oro, o el petróleo; son los préstamos. Sin ellos no hay crecimiento ni inversión ni trabajo. Su antecesor, el señor Aznar, lo sabía bien. Por eso obvió a los pobres de espíritu. No los quería en su reino, precisamente porque no iban a los Bancos a pedir créditos ni los bancos podían ofrecerle un chalet, un coche nuevo o un viaje. Preferentes sí. Ya he aclarado que como su dinero no les iba a servir en esta vida era mejor que lo tuvieran bien guardado de por vida, sin fecha de vencimiento. Aquella España de Aznar, señor Rajoy, que crecía por encima de cualquier país de la Unión Europea, no lo consiguió bajo la condición cristiana de los pobres de espíritu. Sino con los avaros que añoraban una casa nueva en un barrio mejor, un coche mejor, que sus hijos estudiaran en colegios y universidades mejores y vieron la oportunidad de conseguirlo porque tenían trabajo y había posibilidad real de crecer. Pero claro, llegó usted y sus obispos y aplicaron la biblia y el dogma religioso, aquel en que el trabajo es considerado una obligación impuesta como castigo divino, consecuencia del pecado original y vinculado al mantenimiento de la familia. En el evangelio de Pablo se le dice a Adán, para castigarlo por haberse comido la manzana: ganarás el pan con el sudor de tu frente; y a Eva, que había puesto la manzana, parirás con dolor. Génesis 3:16-19. De esta forma queda claro que el paraíso no se gana trabajando, si no vean lo que dice el evangelio de Lucas: Considerad los lirios, cómo crecen; no trabajan ni hilan; pero os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de éstos. Y si Dios viste así la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, ¡cuánto más hará por vosotros, hombres de poca fe! Vosotros, pues, no busquéis qué habéis de comer, ni qué habéis de beber, y no estéis preocupados, Lucas 12, 27-29. O aquél otro versículo que dice: y los discípulos se asombraron de sus palabras. Pero Jesús respondiendo de nuevo, les dijo: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios. Ellos se asombraron aún más, diciendo entre sí: ¿Y quién podrá salvarse?  Con estas palabras afeaba Jesús su conducta a todo el que pretendía hacerse rico, aunque fuera trabajando honestamente. Precisamente fueron estos polvos, señor Rajoy, en los que usted ahora se reboza, los que trajeron los lodos del protestantismo años después, y presentaron el trabajo a su pueblo, precisamente a nuestros vecinos europeos del norte, como la única vía posible para la obtención de riqueza y de felicidad; y lo llamarón Ética del trabajo. Eso fue el protestantismo del que tanto nos defendimos en España con Carlos I a la vanguardia, al que usted, siguiendo las directrices de la Señora Merkel, otra cristiana, emula ahora.

Es evidente, señor Rajoy, que su partido y usted mismo nos engañaron; sí usted, usted fue parte del gobierno de Aznar, creador de la burbuja económica con la connivencia de los banqueros y la ilusión de los avaros del mundo, por mucho que usted vaya pregonando por ahí las maldades del infame Zapatero, al cual debería usted rendirle pleitesía, pues por mor de su ineptitud e inutilidad se encumbró usted hasta el puesto que nunca se ganó. Como le iba diciendo, señor Rajoy, usted perteneció a aquél gobierno que nos engañó con la connivencia de los bancos que ofrecieron préstamos a tutiplén y tasaron viviendas –los activos tóxicos que ahora les ha pagado usted con el esfuerzo de la clase media, señor Rajoy– muy por encima de su valor real para que los que tenían pretensiones de crecer honestamente y la oportunidad de hacerlo, porque tenían trabajo –me permito recordarle que junto al crecimiento económico vino la oferta de empleo–, pudieran hacerlo. A ellos les vendió usted un sueño por el que ahora los castiga. Sin embargo, señor Rajoy, fueron ellos los que levantaron la economía cuando se les dio la oportunidad, la clase media trabajadora y consciente de que la felicidad está en este mundo y no depende de entes misteriosos, y que además se puede conseguir trabajando. Evidentemente para trabajar se necesita un gobierno que no esté pendiente de sus cuitas, sino de sus ciudadanos; de sus empresas, sobre todos de las PIMES, señor Rajoy, que son las que sustentan, o sustentaban, el 80% de los puestos de trabajo que ustedes pregonan que crearon a finales de los 90. Esos son sus grandes olvidados, señor Rajoy, sus cadáveres en la cuneta. Los pobres de espíritu siguen siendo igual de pobres, los pobres por marginación siguen siendo igual de pobres, pero aquéllos que intentaron mejorar aprovechando las oportunidades de una nueva España, los avaros, esos que usted ahora, después de haberlos despojado de sus puestos de trabajo y de la posibilidad real de que vuelvan a trabajar, ha convertido en proscritos. Pues sepa, señor Rajoy, que si usted pretende hacer crecer la economía interior de España y volver al crecimiento de los noventa y acabar con el paro, los volverá a necesitar porque sin ellos no habrá crédito y sin crédito no habrá repunte. Sin embargo, ya no le votarán a usted porque usted ha mordido la mano que le daba de comer, señor Rajoy Brey, ha matado usted la gallina de los huevos de oro y de ahora en adelante no le queda más que cagar plumas.

Posdata: si la intransigencia católica de la Baja Edad Media nos trajo el Protestantismo, señor Rajoy, usted nos ha traído a Podemos. Y al igual que Aznar tuvo la culpa de que llegara Zapatero, y Zapatero de que llegara usted; usted la tendrá de dejarnos en manos de Pablo Iglesias… Porque es bien sabido, señor Rajoy, que a toda acción se le opone una reacción directamente proporcional.

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Acerca de Marchal-Sabater

Pseudónimo del escritor murciano nacido el 6 de agosto de 1964. En los años ochenta ingresó en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado e inmediatamente fue asignado a los servicios de información, circunstancia que le llevó a ser testigo de numerosos acontecimientos de la transición, en diferentes lugares de la geografía española: País Vasco, Cataluña o Madrid. En algunas de sus novelas refleja parte de ese pasado, describiendo algunos hechos tal y como sucedieron y otros adaptándolos a la trama, sin desvirtuar la realidad. En su currículo cuenta con varios premios literarios, como el del certamen de micro-crímenes de Falsaria 2012 y el 2º premio de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Lorquí (Murcia), dentro de la celebración de la II Semana Cultural 2013. Autor de: "El Valle de las Tormentas" y "Bajo la Cruz de Lorena"
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