La Marsellesa y los españoles.

La semana pasada se inició con el trágico atentado de Paris, la ciudad de la luz. Circunstancia que  tristemente aún coleará durante unas semanas o lo que es peor, unos meses. Entre todos los hechos acaecidos, uno de los más comentado por los españoles ha sido la reacción de los 80.000 asistentes al encuentro Francia-Alemania en el estadio Saint Denis. ¿Por qué? Porque todos salieron cantando la Marsellesa al unísono, el himno de su país; y todos los españoles convinieron en que eso aquí nunca hubiera ocurrido.
Esa reacción me hizo reencontrarme con una duda que arrastro durante muchos años, ¿Por qué si vivimos en un país democrático desde hace casi cuarenta años, los españoles, especialmente algunos sectores de la izquierda, le tienen tan poco apego a nuestros símbolos?
La respuesta la encontré después, en un artículo del diario El Mundo en el que se anunciaba que la Fundación Franco demandaría a quienes aprobaran retirar los símbolos franquistas.
Ya he escrito y dicho, tanto por activa como por pasiva, que los símbolos del estado no tienen culpa de lo que otros hicieran con ellos, no tienen vida propia, simplemente son usados, unas veces bien y otras mal; y como dijo Julio Romero de Torres, depende del color del cristal con el que se mire. Hasta ahí cualquiera llega –o al menos eso creo–. Sin embargo, el hecho de que aún se mantengan monumentos al dictador, que los nombres de sus acólitos figuren en las fachadas de muchas ciudades y de que éste tenga un sepulcro en un lugar privilegiado del territorio nacional no dice nada bueno de nosotros. ¿Qué país serio del mundo homenajea a un dictador de esa manera, si hasta los rusos sacaron a Stalin del Kremlyn?
Como la comparación en este caso es con Francia, me centraré en ella, sobre todo para evitar a aquellos que se les venga a la cabeza el nombre de De Gaulle la veleidad de hacerlo.
Después de la Segunda Guerra Mundial y de la liberación de Francia, De Gaulle dejó el gobierno de la república en manos de quien debía estar, el pueblo francés; y éste a su vez en manos del poder ejecutivo, legislativo y judicial. En 1958 volvió al ejecutivo requerido por la Asamblea Nacional por el problema del país con Argelia, pero como no fue elegido por el pueblo, exigió el pronunciamiento de la V República y una nueva constitución legalmente establecida en la que se hiciera constar porque accedía al poder, aunque realmente no era necesario el trámite.  Sin embargo exigió que se hiciera argumentando que si él había dedicado su vida a luchar por la libertad y la democracia, cómo ahora, aún a petición de la Asamblea, iba él a usurpar el cargo de Jefe del Estado. Francia nunca ha tenido una guerra civil y nunca ningún francés se consideró enemigo de su país por sus ideas, excepto los guillotinados durante la revolución o aquellos que colaboraron con Hitler en el exterminio de sus propios conciudadanos por ser judíos, gitanos, homosexuales o españoles exiliados del franquismo, que sí habían perdido su nacionalidad por mor de ese dictador que aún algunos defienden y que, como ya he dicho, aún yace en un lugar privilegiado del territorio nacional.
Tampoco quiero que me digan que la II República fue un fracaso abortado por la revolución del 34. Lo sé y he escrito sobre ello. Pero aún estando convencido de que entre eso, los independentistas cantonales, una serie de cambios tan rápidos y drásticos que la sociedad no supo asumir y la marginación y maltrato de los militares africanistas, se llegó a la peor de las soluciones; el golpe de estado. Pero si después hubiera devuelto la soberanía al pueblo y se hubiera favorecido  la transición a la democracia, aunque en los primeros años hubiese estado tutelada por Franco como jefe del estado, en lugar de sentarse en el poder durante cuarenta años y fusilar, reprimir o exiliar a sus compatriotas – ¡Sí, compatriotas! No es compatriota sólo el que tiene nuestras ideas políticas, compatriota es todo el que ha nacido en España o ha adquirido la nacionalidad por los cauces legales–. Hoy no habría español que no cantase el himno  o luciera su bandera.
España necesita cerrar las heridas que el tiempo cerrará, por supuesto, pero si dejamos que lo haga el tiempo aún nos quedan cien años. Unamuno dijo que las guerras civiles no terminan con el último disparo sino cien años después. Bien, eso sería hace casi cien años, hoy día que gracias a los adelantos médicos casi vivimos esa edad, se necesitan muchos más o un cambio en la conciencia de todos. Y ese cambio pasa porque todos los partidos políticos condenen el franquismo. Tampoco es de recibo que ningún miembro de ningún partido político actual tenga que pedir perdón por los desmanes de Franco; no se trata de eso. Se trata de condenar el régimen y de eliminar los monumentos al mismo. Tampoco destruirlos, más bien reconvertirlos. Por ejemplo, el Valle de los caídos se debería convertir en un museo a todos los caídos, que Franco y José Antonio sean exhumados y enterrados donde sus familias designen, al menos Franco que no fue caído en la guerra. Que una comisión apolítica, con presupuesto del estado y sin ánimo de arrojarse los huesos a la cabeza, excave todas esas tumbas que aún quedan por ahí, las de un lado y las de otro, que se les dé honores a todos de caídos por España, que se cante el himno nacional en todos los homenajes, que la bandera de España ondee día y noche en el lugar y cubra sus féretros. Sólo a partir de ahí podremos reconciliar las dos Españas en una sin vencidos ni vencedores, una España fuerte y libre que por unánime sea temida políticamente en el resto de Europa por su consistencia; y elegida por inversores extranjeros por estable, no temida por un miedo constante a su desmembración y contramarchas políticas.
Evidentemente éste sería mi sueño. Pero con una juventud que aún se tira los muertos a la cabeza y unos políticos que sólo van a su avío económico y social, y a trincar tanto como puedan el tiempo que dure; no vamos a ninguna parte.

Antonio Marchal-Sabater

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Acerca de Marchal-Sabater

Pseudónimo del escritor murciano nacido el 6 de agosto de 1964. En los años ochenta ingresó en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado e inmediatamente fue asignado a los servicios de información, circunstancia que le llevó a ser testigo de numerosos acontecimientos de la transición, en diferentes lugares de la geografía española: País Vasco, Cataluña o Madrid. En algunas de sus novelas refleja parte de ese pasado, describiendo algunos hechos tal y como sucedieron y otros adaptándolos a la trama, sin desvirtuar la realidad. En su currículo cuenta con varios premios literarios, como el del certamen de micro-crímenes de Falsaria 2012 y el 2º premio de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Lorquí (Murcia), dentro de la celebración de la II Semana Cultural 2013. Autor de: El Valle de las Tormentas; Bajo la Cruz de Lorena; y Oiz 1985. La sombra de la sospecha.
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Una respuesta a La Marsellesa y los españoles.

  1. Araceli X dijo:

    !síii a todo! :-* Y hay que quitar ese monumento funesto. No sé si existe mejor máquina para ello que una excavadora…. Y allí, justo allí, en homenaje a la vida plantar una arboleda con jardines de exhuberancia floral donde escuchar el diálogo incesante de los pájaros. Un lugar de armonía y paz. Y que lo lleve a cabo una comisión independiente que vele porque se haga con templanza y sana determinación. Tal cual dice ud… Síiii. Estamos en sintonía, Antonio. Es usted “Goodthinkperson” Un abrazo sintonizado, otoñal y alegre.

    Date: Sun, 22 Nov 2015 11:39:32 +0000 To: arainfinitum@hotmail.es

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