España, que peligro tienes

Desde la noche de los tiempos he oído decir a mis mayores que el peor enemigo que tenemos los españoles somos los propios españoles. Ahora que ya ni peino canas, estas ya hace tiempo que se me cayeron, se que el aserto es completamente cierto. Somos cainitas de nacimiento, envidiosos, vengativos y por regla general bastante incultos. Estos ingredientes fenotípicos nos convierten en seres peligrosos y, lo peor de todo, autodestructivos. 

Se preguntarán ustedes por qué digo esto, qué bicho me habrá picado. Bien me han picado varios, pero no viene al caso decir aquí los más íntimos, así que expondré los más objetivos. Podría empezar por el odio de muchos de nosotros a nuestra historia con la que nunca estamos conformes. Los españoles nunca hemos sido santos ni hermanitas de la caridad, allá donde hemos llegado hemos sido beligerantes y además soldados bravos, no en vano hubo un tiempo en el que fuimos un imperio y ni entonces ni ahora eso se conseguía sin pasar a cuchillo al enemigo. Pero no fuimos los únicos, es más, si todos aquellos que mandamos al otro barrio hubieran tenido oportunidad, hubieran hecho lo mismo con nosotros. Sin embargo, hay países, véase Francia o Reino Unido que están muy orgullosos de su pasado, que no es mejor que el nuestro, y han convertido sus efemérides históricas en días festivos sin que ni los de derechas ni los de izquierdas hagan la más mínima autocrítica. Que conste que no hablo de la guerra civil, esta está tan próxima en el tiempo que puedo entender que para algunos el trato objetivo de la misma aún sea prematuro. Vale. Hablo de la Reconquista, de Conquista de América, del mantenimiento de nuestras colonias hasta que dejamos de mantenerlas, de la Guerra de la Independencia, etcétera, etcétera. Pero ni siquiera esto es lo que hoy me hace teclear estas letras.

A primeros de esta semana conocimos la sentencia recaída sobre nuestros conciudadanos Iñaki Urdangarin y Cristina de Borbón, entre otros, pero estos más famosos por su directa relación con la familia real. El juicio paralelo de los españoles ya los había condenado, pero no desde ahora, sino desde que se conocieron los hechos, antes incluso de saber si estos eran ciertos y quiénes habían sido sus autores o en qué grado participaron. Por eso la sentencia no contentó a nadie. Después llegó la vistilla para determinar el ingreso en prisión o no, de él. El ingreso en prisión preventiva (esta lo es porque aún no hay sentencia firme, recuerden que está recurrida al Supremo y este aún no la ha ratificado) solo está previsto para personas que pueden hacer desaparecer pruebas, circunstancia imposible en el caso que nos ocupa porque ya ha sido juzgado y las pruebas consideradas; cuando existe riesgo de fuga del encausado, situación que tampoco se contempla, o la peligrosidad del individuo para el resto de ciudadanos, Urdangarin puede ser cualquier cosa menos peligroso. Luego el tribunal ha actuado en consecuencia, como hubiera hecho con cualquier otro español en su lugar. Lo injusto y desproporcionado hubiera sido confinar en una prisión a una persona que aún no tiene una sentencia firme ni reúne los requisitos expresados.  Sé que algunos de estos aspectos son muy técnicos, pero aún así, el respeto a la presunción de inocencia y a las instituciones no es lo nuestro, y debería empezar a serlo, para ello los programas de educación deberían prever una formación básica en humanidades, pero claro, a nuestros políticos les seguimos interesando tal y como somos. Debido a estas carencias no se nos ha ocurrido pensar que las cosas podían ser de otra manera, al contrario, hemos pensado que solo nuestra postura era la acertada y, por ende, a despotricar de la justicia y del sistema, en definitiva, a autolesionarnos  sin pensar que posiblemente nuestra justicia sea la más garantista de Europa y nuestros jueces auténticos profesionales. Esta perversión nacional nos lleva a buscar la verdad en lugares recónditos y así desconfiamos de la sentencia del 11 M, de la instrucción de los ERES andaluces, condenamos a  Rita Barberá cuando no llegó a ser juzgada, pensamos que los Pujol nunca serán juzgados, en fin… Un maremágnum de despropósitos que solo existen en nuestro ideario y que da pie a que otros españoles, véase independentistas, ex terroristas y otros peces de este río que entre todos hemos revuelto, se burlen de nosotros y de nuestras instituciones.  

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Acerca de Marchal-Sabater

Pseudónimo del escritor murciano nacido el 6 de agosto de 1964. En los años ochenta ingresó en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado e inmediatamente fue asignado a los servicios de información, circunstancia que le llevó a ser testigo de numerosos acontecimientos de la transición, en diferentes lugares de la geografía española: País Vasco, Cataluña o Madrid. En algunas de sus novelas refleja parte de ese pasado, describiendo algunos hechos tal y como sucedieron y otros adaptándolos a la trama, sin desvirtuar la realidad. En su currículo cuenta con varios premios literarios, como el del certamen de micro-crímenes de Falsaria 2012 y el 2º premio de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Lorquí (Murcia), dentro de la celebración de la II Semana Cultural 2013. Autor de: El Valle de las Tormentas; Bajo la Cruz de Lorena; y Oiz 1985. La sombra de la sospecha.
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