​Una pincelada de nuestra historia.

Los orígenes de nuestra ciudad son inciertos, pero no por eso dejan de ser antiguos. Se nos ha enseñado que fue fundada por Abderramán II en el año 825, lo cual es cierto, pero deja en el aire toda una era anterior, pues tenemos la sensación de que el rey moro llegó aquí, le gustó lo que vio y mandó construir una medina, Madina Mursiya. Evidentemente no fue así. Nuestro territorio, la vega del Segura, ya había sido elegido durante la Edad del Bronce —con mucho acierto diría yo—, por una de las culturas más importantes de nuestra historia, la Argárica, embrión de una de las sociedades de mayor relevancia en la Europa de los milenios III y II a. C. entre otras cosas por su avanzado concepto de urbanismo, dominio de la agricultura y la metalurgia del bronce. 
El Bronce dio paso al Hierro y a los contestanos, un pueblo íbero que hacia el 500 a. C.  se asentó al sur del Segura, principalmente en el Verdolay —no tenían mal gusto—, donde crearon uno de sus poblados más importantes, con necrópolis y santuario incluido, (el Santuario de la Luz) 

A los íberos les sucedieron los romanos que eligieron para vivir la zona más pantanosa de la vega, la Senda de Granada, o de Graná, como la conocemos los murcianos; plagada de almarjales y aguas estancadas que supieron aprovechar hasta crear los primeros cultivos de lo que luego sería la huerta. Posiblemente este fuera el primer embrión importante de nuestra ciudad. Algunos de ellos también eligieron para vivir la zona del monte, concretamente La Alberca y Algezares.

Aunque ya he dicho que los primeros cultivos fueron obra de los romanos, tengo que decir que el mayor desarrollo y esplendor de la huerta llegó con los moros. Ellos supieron exprimir notablemente nuestro río, creando un dédalo de acequias, brazales y regaderas que han llegado hasta nuestros días y que la voracidad del ladrillo está ocultando hasta que alguna civilización posterior los descubra y los proteja; en fin… La población primigenia tomó así tanto copero, que en año 825, Abderramán II, la convirtió en Murcia. En el siglo X llegó a ser uno de los centros de producción agraria más importante Al Andalus y con ello la capital política y económica de la Cora de Tudmir, región privilegiada del Califato Omeya. 

Los moros vinieron para quedarse, y así, casi un siglo después, finiquitado el califato, nuestra ciudad se convirtió en reino independiente, mejor dicho, taifa —Si los catalanes pudieran demostrar que alguna vez fueron independientes se volverían locos de alegría—, al mando de Abu al-Rahman Ibn. Pero la envidia es cosa mala y fue invadida por el sevillano Al-Mutamid, pero a este su visir Ibn Ammar se lo puso duro y de la mano de Ibn Mardanis, el Rey Lobo, conseguimos el segundo reino de taifa y otra época de esplendor económico, gracias a la agricultura, que nos convirtió en una de las principales ciudades islámicas del momento y cabeza de la resistencia andalusí al Imperio Almohade. Después de todo esto fue cabeza de varios reinos de taifas, más o menos importantes, que se sucedieron a lo largo de los siglos XI, XII y XIII.

Tras la victoria cristiana del norte, en las Navas de Tolosa, año 1212, el reino de Castilla fija sus ojos en la joya de la corona, la taifa de Murcia. Para esas fechas los Almohades ya nos habían invadido y habían sido expulsados por la dinastía Banu Hud, que llegó a controlar todo Al-Andalus desde nuestra ciudad. El infante Alfonso de Castilla, futuro Alfonso X el Sabio, pactó en 1243, con Ibn Hud al-Dawla, quién se negó a destruirla ciudad en una batalla perdida de antemano —esta es una de las consecuencias del independentismo—, el vasallaje de la ciudad a través del Tratado de Alcaraz y esta fue incorporada a la Corona de Castilla en forma de protectorado, manteniendo su cultura islámica otros veinte años, durante los cuales, unos cuantos cristianos fueron tomando posesión fuera de las murallas de la ciudad, zona que por entonces recibió el curioso nombre de Murcia la Nueva, mientras que los musulmanes seguían viviendo en sus casas, manteniendo su religión y costumbres. 

Poco a poco, las relaciones entre los musulmanes murcianos y Castilla se hicieron más difíciles y la ciudad y todo el reino se sublevó contra las autoridades cristianas. A Alfonso X el revuelo lo pilló en Andalucía, donde el buen hombre tenía otros negocios, y pidió el auxilio de su suegro, Jaime I de Aragón, que acudió raudo y veloz, entre otras cosas porque también le interesaba sofocar la revolución antes de que se expandiese a sus territorios valencianos.

Jaime I de Aragón entró en Murcia por la puerta de Orihuela —la carretera de Alicante de toda la vida—, un día de febrero de 1266; sofocó la rebelión, ocupó la ciudad y se la entregó al culto de su yerno, el Rey Alfonso X el Sabio. Por supuesto, el resto del reino corrió la misma suerte, pasando de protectorado a territorio o reino plenamente integrado en Castilla.

La población ya era cristiana, aunque su población seguía siendo mayoritariamente musulmana, con algunos judíos y menos cristianos. Pero como tal, debía ser dotada de los mismos órganos de gobierno, de estilo castellano, como cualquier otra del reino. Motivo por el que el 14 de mayo de 1266 fue dotada de varios funcionarios municipales, dos jueces, un alguacil y un almotacén; estos fueron los primeros burócratas de la ciudad. También por primera vez tuvo emblema propio, que la identificaría en su sello, a la hora de validar documentos y correspondencia del Concejo, y en su pendón. Al mismo tiempo le fue otorgado un marco legal de referencia para la convivencia y el gobierno, el Fuero de Sevilla, que no era otro que el Fuero Juzgo con algunos privilegios que lo mejoraban y cuya importancia radicaba en su carácter oficial. 

Murcia pasó así, hace 751 años, a ser ciudad castellana de pleno derecho, con un Concejo que actuaba en nombre de sus vecinos y con una legislación propia que la integraba en el mundo europeo occidental. 
Murcia, 22 de marzode 2017

  Antonio Marchal-Sabater       

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Acerca de Marchal-Sabater

Pseudónimo del escritor murciano nacido el 6 de agosto de 1964. En los años ochenta ingresó en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado e inmediatamente fue asignado a los servicios de información, circunstancia que le llevó a ser testigo de numerosos acontecimientos de la transición, en diferentes lugares de la geografía española: País Vasco, Cataluña o Madrid. En algunas de sus novelas refleja parte de ese pasado, describiendo algunos hechos tal y como sucedieron y otros adaptándolos a la trama, sin desvirtuar la realidad. En su currículo cuenta con varios premios literarios, como el del certamen de micro-crímenes de Falsaria 2012 y el 2º premio de relatos cortos organizado por el Ayuntamiento de Lorquí (Murcia), dentro de la celebración de la II Semana Cultural 2013. Autor de: El Valle de las Tormentas; Bajo la Cruz de Lorena; y Oiz 1985. La sombra de la sospecha.
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